Balmaceda de Chile – Pablo Neruda

A decisão do presidente José Manuel Balmaceda de cobrar tributos sobre o salitre chileno exportado, controlado por capitais britânicos, desencadeou a guerra civil chilena de 1891, que derrubou Balmaceda.

Os aliados internos dos interesses ingleses se associaram a forças militares para destituir o presidente. Balmaceda suicidou-se em 19 de setembro de 1891.

História tristemente comum em nossa América Latina. Hoje a entrega se faz de forma mais sutil: compra-se eleições, muda-se as leis e entrega-se o pré-sal. Se ficar muito difícil, plantam notícias e crises. Derrubam presidentes com golpes paraguaios.

A seguir, leia o poema do Pablo Neruda e, logo a seguir, um texto da Fundación Balmaceda.

Não se trata de endosso a tudo o que Balmaceda representou. As histórias a respeito desta personagem da história são confusas: não fosse a história oficial a consolidação da versão contada pelos vencedores. Por isso, publicamos a versão da Fundación Balmaceda. A bem da verdade, o que nos interessa é mostrar como a história se repete em nossa América Latina todas as vezes que os interesses do capital internacional e dos seus aliados locais são contrariados.

Paulo Martins

Balmaceda de Chile (1891) –  Pablo Neruda

Tradução de Paulo Mendes Campos

Mr. North chegou de Londres.

É um magnata no nitrato.

Antes trabalhou no pampa,

de jornaleiro, algum tempo,

mas despediu-se e se foi.

Volta agora, envolto em libras.

Traz dois cavalinhos árabes

e uma pequena locomotiva

toda de ouro. São presentes

para o presidente, um tal de

José Manuel Balmaceda.

“You are very clever, Mr. North.

” Rubén Darío entra por esta casa,

por esta presidência como quer.

Uma garrafa de conhaque o espera.

O jovem Minotauro envolto em névoa

de rios, transpassado de sons,

sobe a grande escada que será

tão difícil de subir para Mr. North.

O presidente regressou há pouco

do desolado norte salitroso,

ali dizendo: “Esta terra, esta riqueza

será do Chile, esta matéria branca

converterei em escolas, em estradas,

em pão para o meu povo”.

Agora entre papéis, no seu palácio,

sua fina forma, seu intenso olhar,

olha para os desertos do salitre.

Seu nobre rosto não sorri.

A cabeça, de pálida postura,

tem a antiga qualidade de um morto,

de um velho antepassado da pátria.

Todo o seu ser é um exame solene.

Algo desassossega, como rajada fria,

a sua paz, o seu movimento pensativo.

Rechaçou os cavalos, a maquininha de ouro

de Mr. North. Remeteu-os sem vê-los

para o dono, o poderoso gringo.

Apenas acenou com a mão desdenhosa.

“Agora, Mr. North, não posso

entregar-lhe estas concessões,

não posso amarrar a minha pátria

aos mistérios da City.”

Mr. North instala-se no Club.

Cem uísques vão para a sua mesa,

cem jantares para advogados,

para o Parlamento, champanha

para os tradicionalistas.

Correm agentes para o norte,

os fios vão e vêm e voltam.

As suaves libras esterlinas

tecem como aranhas douradas

uma teia inglesa, legítima

para o meu povo, uma roupa, sob medida

de sangue, pólvora e miséria.

“You are very clever, Mr. North.”

A sombra sitia Balmaceda.

Ao chegar o dia, o insultam

e o escarnecem os aristocratas,

ladram-lhe no Parlamento,

o fustigam e caluniam.

Mas não basta: é preciso torcer

a história. As boas vinhas

se “sacrificam” e o álcool

enche a noite miserável.

Os elegantes mocinhos

marcam as portas e uma horda

assalta as casas, arremessa

os pianos dos balcões.

Aristocrático piquenique

com cadáveres no canal

e champanhe francesa no Club.

“You are very clever, Mr. North.”

A Embaixada argentina abriu

as suas portas ao Presidente.

Nessa tarde escreve com a mesma

segurança de mão fina,

a sombra penetra seus grandes olhos

como escura mariposa,

de profundidade fatigada.

E a magnitude de seu rosto

sai do mundo solitário,

da pequena moradia,

ilumina a noite escura.

Escreve seu nítido nome,

as letras de longo perfil

de sua doutrina traída.

Tem o revólver na mão.

Olha através da janela

um derradeiro trecho da pátria,

pensando em todo o longo corpo

do Chile, sombreado

como uma página noturna.

Viaja e sem ver cruzam seus olhos,

como nas vidraças de um trem,

rápidos campos, casarios,

torres, ribeiras inundadas,

pobreza, dores, farrapos.

Ele sonhou um sonho preciso,

quis trocar a desgarrada

paisagem, o corpo consumido

do povo, quis defendê-lo.

Já é tarde, escuta disparos

isolados, os gritos vitoriosos,

o selvagem ataque, os uivos

da “aristocracia”, escuta

o último rumor, o grã silêncio,

e, com ele, recostado, entra na morte.

Texto da Fundación Balmaceda:

La decisión del Presidente José Manuel Balmaceda de cobrar por cada quintal de salitre chileno exportado, -controlado por capitales británicos-, desató la agresión del imperialismo inglés. Sus aliados internos, los políticos Edwards, Walker, Montt y Mac Iver, entre otros, formaron con oficiales prusianos (encabezados por Emil Körner) un ejército que venció a las fuerzas balmacedistas en Concón y Placilla.

El 21 de agosto de 1891, en el transcurso de la llamada “Revolución de 1891”, se enfrentaron las fuerzas gubernamentales, constituidas por el Ejército de Chile y dirigido por los héroes de la Guerra del Pacífico, al mando del Presidente Balmaceda, contra las fuerzas armadas del Congreso Nacional, denominado “ejército congresista” conducido por el coronel Emil Körner y la marina. La lucha fue sangrienta y duró más de 5 horas. Las fuerzas congresistas en disposición de moderno armamento, traído desde Europa, ametralladoras y artillería ligera, hicieron retroceder a los destacamentos del Ejército hacia las colinas de la ribera sur del Aconcagua, con grandes pérdidas. Según la historiográfica oficial, los caídos superaron los 10.000 combatientes.

El frente del Ejército cedió finalmente y sus restos se replegaron hacia Valparaíso en gran desorden, mientras las fuerzas congresistas al mando de Körner recuperaron sus bajas y aumentaron sus efectivos con numerosos soldados del Ejército capturados. Cayeron en poder de los vencedores toda la artillería, municiones, parque y miles de fusiles. Posteriormente, las fuerzas congresistas avanzaron hacia Valparaíso para tomar la ciudad, pero las fuerzas del Ejército, reforzadas con tropas provenientes del sur y que llegaron a la ciudad por ferrocarril, les hicieron frente y se desplegaron en batalla en la actual ciudad de Viña del Mar, obligando a los congresistas a rodear Valparaíso por el Este. Las fuerzas de Balmaceda les salieron al paso, dando lugar al segundo combate, a la Batalla de Placilla, el 28 de Agosto de 1891, donde finalmente el Ejército fue vencido.

Los vencedores tomaron el control total del poder, del salitre chileno y reformaron a las órdenes del coronel prusiano Emil Körner la imagen y estructura del Ejército chileno dándole el actual aspecto a la usanza alemana.

Balmaceda fue el primer Jefe de Estado de Chile que visitó las provincias del norte. En su discurso del 7 de marzo de 1889 señaló: “Mis conciudadanos tienen sus ojos fijos en Tarapacá. Y es natural, porque de esta región mana la sustancia solicitada en todos los mercados del mundo para rejuvenecer la tierra envejecida, y porque somos los transformadores necesarios de las fuerzas productivas de la superficie cultivada por las manos del hombre. La extracción, la elaboración, el acarreo, el embarque, los fletes de mar y la aplicación del salitre, lo mismo que la minería y la industria subalternas y el comercio y el ejercicio del crédito y la resultante económica de la variedad de factores tan graves como interesantes, se imponen a la contemplación de todos, y especialmente del legislador y del hombre de Estado. La extracción corresponde a la libre competencia de la industria misma. Más la propiedad salitrera particular y la propiedad nacional son objeto de seria meditación y estudio. La propiedad particular es casi toda de extranjeros y se concentra activamente en individuos de una sola nacionalidad. Preferible sería que aquella propiedad fuese también de chilenos, pero si el capital nacional es indolente o receloso, no debemos sorprendernos de que el capital extranjero llene con previsión e inteligencia el vacío que el progreso de esta comarca hace la incuria de nuestros compatriotas. La próxima enajenación de una parte de la propiedad salitrera del Estado abrirá nuevos horizontes al capital chileno, si se modifican las condiciones en que gira, y si se corrigen las preocupaciones que lo retraen. La aplicación del capital chileno en aquella industria producirá los beneficios de la explotación por nosotros de nuestras riquezas, y la regularidad de la producción sin los peligros de un posible monopolio. Ha llegado el momento de hacer una declaración a la faz de la república entera. El monopolio industrial del salitre no puede ser empresa del Estado, cuya misión fundamental es sólo garantizar la propiedad y la libertad. Tampoco debe ser obra de particulares, ya sean éstos nacionales o extranjeros, porque no aceptaremos jamás la tiranía económica de muchos ni de pocos. El Estado habrá de conservar siempre la propiedad salitrera suficiente para resguardar con su influencia la producción y su venta, y frustrar en toda eventualidad la dictadura industrial en Tarapacá”.

El Gobierno de Balmaceda tenía una política económica orientada a lograr la industrialización de Chile, que tenía 3 millones de habitantes, romper con la dependencia del capital inglés en la industria salitrera y elaboraba un programa para generar las condiciones para el desarrollo de un capital nacional. Hoy se cumplen 124 años desde la Batalla de Concón y reflexionamos sobre lo ocurrido y el futuro del país.

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